Mi relación estaba en problemas. Pero el problema no era ella ni yo: eran nuestros queridos suegros


Cómo aprendí a vivir tanto en mi mundo ideal, como en el real.

Supe que me casaría con Cristina a los cinco minutos de haberla conocido.Yo no podía dejar de mirarla y ella no podía dejar de oírme. Luego intercambiábamos roles. Competir era una pérdida de tiempo: cada uno tenía una manera, un estilo para interpretar lo que sentíamos y queríamos hacer sentir al otro tan particular, que no podíamos evitar maravillarnos ante lo que teníamos al frente. Nuestra relación fue creciendo a la velocidad de la luz. Un día éramos amigos, el siguiente confidentes, luego compañeros íntimos, y así hasta que ya no pudimos encontrar más razones para no convertir lo nuestro en lo que siempre fue: un romance en busca de su oportunidad para surgir. 

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Todo fue tan sencillo, qué a ratos me preguntaba si no estaba dejándome estar. Las cosas en la vida requieren esfuerzo y trabajo, o algo así me habían enseñado que funciona el mundo. Pero con Cristina me sentía un heredero al trono. Ella tampoco parecía necesitar mucho esfuerzo. Éramos dos jóvenes dejándose llevar por lo inevitable que era lo que sentían uno por el otro.

No decidimos apurarnos ni saltarnos ningún paso. Ambos sabíamos que lo nuestro tenía el combustible suficiente como para visitar con calma cada momento y etapa de las relaciones, pudiendo incluso guardar souvenirs de varias de ellas.

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Como soy una persona frugal y acostumbrada a hacerle frente a la adversidad, estaba algo preocupado. Lo nuestro llevaba demasiado tiempo funcionando bien. No era que no hubiera problemas, sino que estaban demasiado bien ocultos. En mi experiencia, es mejor atacar un problema lo antes posible. De otras maneras, solo se le da tiempo para que se nutra, crezca y madure.

Creí que lo había encontrado luego de una discusión especialmente aguerrida que tuvimos, a solo meses de firmar el matrimonio. Pero lo fortalecida que emergió nuestra relación luego de este conflicto me obligó a descartarlo. Solo con el tiempo me di cuenta que el problema no estaba en ella o yo, sino que en el resto.

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Me costó notarlo, pero el problema estaba frente a mis narices. Cristina y yo funcionábamos así de bien como pareja porque teníamos nuestro mundo propio. Incluso diría que era una país, una especie de nación aislada en la que se habla una lengua propia, se tienen costumbres únicas. Esto no era malo en sí mismo: después de todo, nos habíamos sacado la lotería de las parejas. 

El problema fue cuando tuvimos que inevitablemente abrir las puertas de nuestra nación aislada. A los pocos meses de confirmado nuestro matrimonio, su familia y la mía fueron admitidas a nuestro dichoso mundo paralelo.

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Como temía, el problema había tenido el tiempo suficiente para incubarse. Ahora estaba por todos lados, al punto de que comenzamos a vivir bajo su sombra. La dinámica que teníamos con Cristina no aguantaba interferencias, ni segundas opiniones, correcciones o consejos. Nos gustaba tanto dar en el clavo como equivocarnos. Mientras lo hiciéramos juntos, el destino no era tan importante como el viaje. Pero cuando me vi enfrentado al obsesivo nivel de orden que su madre imponía en cualquier cocina a la que entraba, y Cristina al trato de la edad de piedra que mi padre tenía con cualquier persona que no fuera un hombre gordo, brutal y que también hubiera huido del comunismo, todo se complicó. 

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Cuando nos habíamos recuperado de la invasión de uno de nuestros suegros a nuestro mundo personal, nos tocaba prepararnos para la visita del otro. Un cumpleaños en que los tuvimos a todos juntos fue el día que creí que todo llegaba a su fin. Fue específicamente un comentario de su padre, reaccionando a la manera en que el mío pellizcaba las uvas de nuestro parrón, que causó que la madre de Cristina buscara refugio en la mía, la que malentendió catastróficamente mal el gesto .

Si pudiera elegir, hubiera dejado que ambas familias extendidas solucionaran por sí mismas el problema. Lograr un escenario de destrucción mutua. Una vez recuperamos la soledad del hogar, nos dimos cuenta que nos queríamos sacar los ojos. Cada uno sentía como culpable al otro.

@thebrosphotography

No aprendimos nada ni crecimos como personas luego de la pelea que tuvo lugar. Nos acostamos los dos con los puños apretados y lágrimas secas en las mejillas. A la mañana siguiente, sobre un desayuno tenso y silencioso, abordamos el tema que ya no podíamos evitar.

Teníamos que hacer algo con nuestros respectivos suegros.

Atacamos el problema de la manera en que lo hacíamos con todo el resto de las cosas: con paciencia, calma y diálogo. Llegamos incluso a reservar un par de horas al día para planear la recuperación de nuestra idílica soledad. Desde irnos a vivir al extranjero a simplemente dejar de contestar sus llamados, todas las posibilidades pasaron por nuestras manos. 

@brookeveronicaaa

Finalmente no llegamos a ninguna solución. O más bien, llegamos a demasiadas, pero ninguna que fuera aplicable a la realidad. Solo fue cuando dábamos vida a la decimotercera fantasía escapista, que Cristina dejó de hablar. En lugar de las palabras, una sonrisa se tomó su cara. Se había dado cuenta que la solución a nuestro problema era exactamente esa: asumir que no podríamos eliminar a nuestros padres de nuestra vida. Pero que sí reservábamos una parte de ella solo para nosotros, un espacio donde nadie más pudiera entrar, quedaríamos lo suficiente satisfechos como para soportar cuantas visitas quisieran darnos. 

Así aprendimos que por muy perfecto que fuera lo nuestro, no hay forma de que viviera por sí mismo.

@weddingz.in

Como lo puso Cristina, si nuestra relación era un animal en peligro de extinción, no sacábamos nada con aislarlo. Debíamos protegerlo, pero asumiendo su rol en el ecosistema.